Peligros y andanzas de los osos en los parques nacionales

Dos muchachos; John Williams, de 20 años, y otro estudiante compañero suyo, Bob Winter, acababan de ascender hasta la cumbre para solazarse con el magnífico panorama que desde allí se divisa. Estaban sudorosos y jadeantes con los músculos doloridos por el esfuerzo. Joe lo daba por bien empleado ante lo que contemplaba.

Hasta que sus ojos se dilataron de angustia: tras ellos estaba subiendo una osa negra de casi un centenar de kilogramos. Joe Williams quedó petrificado, tanto por el miedo como por la esperanza de que, si no daba muestras de miedo, el plantígrado pasaría de largo. Pero la osa no era de este parecer. Fue directamente hacia el chico, lo olfateó un rato y luego se puso a lamerle la nuca, atraída por el sabor salobre del sudor.

Joe temió que los lamidos terminasen con un mordisco y se enderezó, movimiento al que correspondió el animal con un zarpazo que rasgó la chaqueta del muchacho. Pero Joe apenas si se enteró, mientras corría, montaña abajo presa del pánico. Y tras él la osa, mucho más rápida y ágil en superar los obstáculos del terreno. Y tras ellos dos, Bob Winter quien quería auxiliar a su amigo.

No se fíen de los osos

Unos cientos de metros más abajo la osa dio alcance a Joe y lo derribo de un zarpazo. Pero antes, de poder hincar sus colmillos, un canto certeramente arrojado por Bob le golpeó la nuca. La osa dudó un instante, se volvió hacia Bob, le lanzó un gruñido y reanudó la caza de Joe, quien había aprovechado la ocasión para intentar nuevamente la huida. Pero estaba agotado y los pies no le respondieron. Tropezó en un saliente y quedó tendido en el suelo a merced de la osa.

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Esta vez una auténtica rociada de piedras y maderas lanzada por Bob no pudo distraer la atención de la fiera de su presa. Impotente para prestar un auxilio más eficiente, Bob se marchó en busca de refuerzos. Tres cuartos de hora después llegaba acompañado por dos guardias del Parque. Estos se apostaron a unos cincuenta metros del animal y con grandes precauciones —para no herir a Joe— fueron disparando hasta lograr alejar a la osa del lugar. Entonces ya tiraron directamente contra ella, hasta herirla mortalmente.

Aunque parezca increíble, Joe Williams se hallaba aún con vida y pudo ser llevado hasta una clínica. Tuvo que sufrir 14 intervenciones quirúrgicas para salvarle el movimiento de brazos y piernas. La acción jurídica reclamando daños y perjuicios al Parque Nacional fue satisfecha por los tribunales con una indemnización de 133.000 dólares.

La sentencia significaba un grave precedente para la administración del Parque Nacional. Si los centenares y centenares de personas que habían sido heridas por los osos que viven libremente en los parques iban, a verse indemnizadas sistemáticamente, era evidente que la única solución era la de cerrar los parques nacionales… o matar a todos los osos, justamente uno de los mayores atractivos que han tenido siempre estos territorios.

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Precisamente uno de los principales problemas planteados por estos plantígrados es la creencia general del público de que se trata de animales inofensivos. Cierto que gozan de un temperamento amistoso y retozón, pero al igual que los demás animales de los parques nacionales, se trata de seres salvajes. El hecho de que no se permita la entrada de cazadores en los parques hace que estos animales hayan perdido el miedo al hombre, pareciendo mansos.

En Yellowstone las mayores dificultades las crean los comunes osos negros —el censo del Parque se eleva a unos 500 plantígrados de esta especie—, en especial aquellos animales más inteligentes que han localizado ya los parajes del borde de la carretera donde los automovilistas suelen reducir la velocidad. Allí se sientan ellos confiadamente a esperar a que turistas y viajeros se encarguen de alimentarlos.

Saben sentarse sobre sus cuartos traseros y mendigar una golosina como si fueran unos gigantescos caniches o lanzar miradas nostálgicas a los ocupantes de los automóviles. Y saben dejarse aproximar a la gente para que los fotografíen a gusto, seguros, de que una buena “pose” será recompensada. Y cuando alguien cree que un oso con sombrero es mucho más gracioso, puede que obtenga la “original” foto sin más, pero lo más corriente es que termine en el hospital con 20 puntos de sutura en la maltrecha mano que rondó las fauces del plantígrado.

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